Hace poco que escribí sobre el PGM del Carmel y como el ciberactivismo ciudadano ocupa un papel bastante significativo a la hora de confrontar la propuesta del ayuntamiento de Barcelona. El problema se transforma en un “síndrome de David y Goliath” donde el “David”, en este caso el NIMBY de turno parece más débil comunicativamente que el Goliath (la administración local). Una imagen falsa pues el NIMBY (en este caso y en muchos otros) tiene una mayor capacidad de mobilización social, mejor capacidad comunicativa, mayor talento destinado a conseguir cierta hegemonía cultural (al menos en el ámbito local) y mantiene en jaque a la administración en su capacidad comunicativa. Esto entraré a analizarlo más adelante.

Poniendo el ejemplo del ayuntamiento de Barcelona (un ejemplo que seguramente es extensible a muchas más administraciones locales), la actitud de los ciudadanos ha cambiado, dificultando la posibilidad de hacer “política urbanística” a la administración local. Comparando lo que ocurría hace unos 20 años con lo que sucede ahora, la ciudad de Barcelona no “molesta” tanto a sus ciudadanos con actuaciones urbanísticas, pero en cambio la resistencia a ellas es mucho mayor. ¿A qué es debido?.
En parte porqué el “relato olímpico” ayudaba a hacer entendible el volumen enorme de obras… la ciudad se modernizaba para que en el 92 estuviera a punto para las olimpiadas. El tener un relato de ciudad ayuda, y si este relato además es compartido por la ciudadanía eso hace que las actuaciones que sirven para el proyecto de ciudad sean más entendibles. Hoy en cambio, cualquier actuación urbanística tiene sus contestatarios, desde el 22@ (ya casi no nos acordamos, pero los gritos de cierta élite cultural barcelonesa en contra de la actuación eran muy sonoros hace unos pocos años), pasando por cualquier microactuación urbanística. Pero en parte también porqué la relación que tiene el ciudadano con la política y la acción de lo público se centra más en lo “que a mí me afecta directamente”.
Conflictos de concepción cultural e ideológicos:
Hay reacciones desmesuradas (como la de la limitación de velocidad en algunas vías urbanas), en base a un conflicto cultural que está latente desde siempre, pero que se muestra con más fuerza ahora al tener todos mayor capacidad de comunicarlo. Ante la imposición de restricciones al tráfico rodado (por ejemplo, mayor número de semáforos, restricciones de velocidad, zonas de aparcamiento limitado, zonas azules, áreas verdes, etc.) siempre han tenido sus retractores. El fenómeno de descredito de la política, del envalentonamiento (a mi parecer positivo) del ciudadano a la hora de defender su criterio, y la capacidad (mayor) de que cada uno se ponga a comunicar sus ideas ha hecho que muchos ciudadanos que tienen un conflicto ideológico o cultural con la política de un ayuntamiento respecto a la viabilidad se visualice más (y entre ellos también se identifiquen). Es un conflicto cultural e ideológico. En parte consecuencia de una mala política de comunicación (histórica, no actual), en la que las administraciones tomaban medidas y no se intentaba ni en su aplicación ni a posteriori defenderlas y explicarlas, y en parte porqué ese conflicto entre el interés privado y la visión individual y el interés público siempre estará.
Conflictos NIMBY (Not In My BackYard), o conflictos puntuales en el tiempo y en el espacio
Cuando se abre una calle, cuando se decide eliminar unas pocas plazas de aparcamiento para ensanchar aceras, cuando se ubica un servicio municipal “poco agradable”, cuando se realiza una reforma urbanística, siempre habrá alguien que no le guste, normalmente alguien que se ve afectado en lo privado (por ejemplo, le expropian la vivienda, o tiene al lado de su casa un equipamiento que no le gusta [conozco el caso de un grupo de vecinos que se han opuesto incluso a la presencia de una escuela por el ruido que provocarían los niños a la hora del patio], o se ven afectados a la hora de desplazarse en su vida diaria al modificar las direcciones de una calle), y ese alguien ahora tiene una capacidad de mobilización mayor. Por un lado por ese mayor nivel de autoestima o envalentonamiento ciudadano que hace que confíe más en su criterio que en el de la asociación de vecinos o en el de la administración, cosa que como he dicho para mí es positiva. Por otro lado, la “cultura política” es más la del ciudadano-consumidor y por tanto más volátil, más reactiva a lo que le afecta en un momento puntual que capaz de pensar en el “bien común”. Ese término “el bien común” o el beneficio social queda más diluido frente al perjuicio personal (aunque este sea temporal). ¿Porqué tengo que asumir un perjuicio que para mí lo percibo con el valor de X para un beneficio para terceros que es percibido como una fracción de ese X?. Se abre una calle para mejorar el paso de todos los vecinos por el barrio, pero para ello se expropia un bloque de pisos… Los expropiados se sienten más afectados que el beneficio que perciben para cada uno de los otros vecinos, por tanto reaccionan en contra de la medida.
La reacción de las administraciones con los NIMBY es en general mala. Como son movimientos volátiles, no se pueden utilizar los mismos sistemas de confrontación y debate que con las asociaciones vecinales clásicas. Algunos tan sólo necesitan poder tener más información y conocer mejor sus derechos para calmarse, otros mantendrán frente al ayuntamiento alternativas serias a las medidas que quiere proponer, alternativas que merecen ser estudiadas, analizadas, debatidas e incluso negociadas según lo acertadas que sean. El NIMBY debería ser contemplado como una oportunidad para mejorar la propuesta, pero tanto la actuación de los NIMBY (en general muy hostil, en parte por su amateurismo y poco conocimiento de la gestión de conflictos, pero también por su naturaleza que busca la maximización de su “poder negociador” en base a generar el máximo daño al gobierno municipal de turno si no consigue sus objetivos) como la de la administración (que no está acostumbrada a tratar con los NIMBY, que se siente desbordada por la mayor capacidad comunicativa y porqué la lógica con la que juega el NIMBY es distinta a la que están acostumbrados los gestores públicos) lleva a que esta oportunidad, si llega, sea a costa de un fuerte desgaste.
Además los NIMBY tienen un poder comunicativo mucho mayor que la administración, a pesar de lo que pueda parecer. El talento, energías y capacidad comunicativa de un ayuntamiento son limitadas, y las necesidades comunicativas de una administración son inmensas, hay mil frentes, mil temas y mil micromensajes que comunicar. Además las administraciones locales aún no se han posicionado como agentes comunicativos modernos, casi ninguna tiene la capacidad de promover o generar un relato de la ciudad, son poco ágiles y se ven sometidas a cambios de criterio político que les resta capacidad de generar ese relato. En cambio el NIMBY suele concentrar gente con mucha motivación, con muchas energías (ya que el conflicto, para ellos es este y acaba de comenzar ahora), y la mayor formación y conocimiento de los ciudadanos les lleva a concentrar bastante talento. Un talento amateur, pero que en una sociedad donde cada vez comunican más las personas y menos las grandes organizaciones (a menos que comiencen a entender la lógica comunicativa moderna que no se basa en “ocupar espacios” sino en generar cosas interesantes), y donde existe la épica del “débil contra la gran administración” tienen una fuerte ventaja. Además, el NIMBY, tiene mayor credibilidad a priori que la administración. Existen muchos factores para ello, pero entre los diversos motivos es que nos creemos más a un vecino que conocemos que a una administración, cuando vemos a los vecinos del bloque afectados diciendo que los van a dejar con el “culo en el aire” y que se realiza por especular con su terreno eso nos lo creemos. La política institucional nos ha defraudado más de una vez, y seguramente tenemos algún motivo para no tener alguna queja de nuestro gobierno municipal (por ejemplo, puede que no nos guste el cambio que se ha realizado en una calle, o estamos cansados de pagar multas por aparcar mal) y en cambio no de nuestro vecino de enfrente. El hecho es que el NIMBY se mueve mejor en la política comunicativa, incluso entre los periodistas, que las administraciones. Y eso debería poder tenerlo en cuenta la administración local a la hora de gestionar un conflicto y transformar en oportunidad lo que en ese momento es un problema.
Algunos NIMBY esconden intereses privados con aspecto de conflicto social
Antes he hablado de NIMBY que generan una oportunidad, pero también los hay que esconden tan sólo los intereses espureos de unos pocos frente al interés general. Hay que estar alerta porqué incluso dentro de un mismo NIMBY hay quien está porqué la actuación no la comparte pero la hay para poder conseguir mayor poder negociador (arrastrando y manipulando a terceros) y así obtener mejores rendimientos económicos de sus intereses. En este caso no hay mucho que hacer más que separar el grano de la paja y tratar al mercachifle como lo que es, y no como un ciudadano que quiere buscar alternativas o formas mejores para conseguir el bien común, afectándole menos en sus intereses. Esto lo que hace es que o bien recrudece el comportamiento del NIMBY (el mercachifle lo que pretende es que el NIMBY se radicalice para ser “más caro” politicamente y por tanto incrementar su poder de negociación privado, y no que el NIMBY llegue a acuerdos), o bien crea donde no habría ninguno (por ejemplo, inventándose bulos, generando falsa información, etc.).
Valores postmodernos mezclados con valores materialistas
Nuestra sociedad para algunos sociólogos es una sociedad postmaterialista, donde los valores como la solidaridad, el ecologismo, etc. priman sobre valores materialistas (como la seguridad, el derecho al trabajo, etc.). Según mi humilde entender no es exactamente así, los valores materiales aparecen en seguida que se amenazan, pero sí que es cierto que los valores postmodernos aparecen claramente entre lo que los ciudadanos valoran. Cada uno de nosotros somos una mezcla de valores, y esto lleva a que una actuación urbanística también sea más compleja de afrontar. Por ejemplo, abrir una calle podría significar cortar los árboles viejos y convertirlos en pasta de papel o abono, porqué es mucho más caro trasladarlos a un vivero y volver a replantarlos luego nuevamente (o bien están ya tan enraizados que no se les puede arrancar vivos). Esto lleva a que una actuación que todo el mundo secundaría sea rechazada por algunos porqué creen que la vida de esos árboles vale más que el beneficio de mejorar la calle. Ejemplos los hay a patadas, desde personas de alta sociedad que se encadenan a árboles para que estos no sean arrancados, pasando por situaciones tan kafkianas como que se apele a la conservación de un parque natural para la defensa de ejemplares arbóreos invasores que además han crecido gracias a la acción humana.
Todos estos valores entran en conflicto. ¿Que prefiero: arreglar la acera a un coste razonable o dejarla igual para salvar la vida a unos árboles?. Pero no se limita a este tipo de cuestiones medioambientales. Todos queremos que los “pobres” tengan techo, pero este valor entra en conflicto con un valor material que es el del “prestigio” del barrio o incluso el de la seguridad, nos da miedo y creemos que devaluará nuestro barrio (y por tanto el valor de nuestra vivienda) la presencia de equipamientos para atender a las personas sin techo.
En definitiva, cualquier administración local se enfrenta al reto de respetar y atender a un conjunto de valores que tienen los individuos y que en muchas ocasiones son incluso confrontados entre ellos mismos. Además, la política mediatizada ha tendido a exponer que los valores son absolutos: uno es ecologista de forma absoluta (por encima de cualquier cosa) o defiende la seguridad por encima de cualquier cosa, etc. Es la forma en que la clase política se confronta entre ella (la derecha anunciándose como la valedora de la seguridad y la izquierda como la valedora de la justicia social), y eso se traslada a la forma de construir dialécticamente la política por parte de los ciudadanos: en sus valores suelen ser bastante absolutos.
El efecto de las élites culturales y opinadoras de una ciudad
No menos importante es el “estado de ánimo” de las élites opinadoras y culturales del pueblo o ciudad. Un ejemplo es Barcelona, una ciudad donde no suelen haber problemas muy serios pero que para una minoría de ciudadanos, bastante bien posicionados, se ha construido un anti-relato de la ciudad. Las páginas salmón de la Vanguardia son un claro reflejo de esa “Barcelona opinativa” donde se entremezclan los mensajes de los NIMBY y de la élite sociopolítica barcelonesa, construyendo el relato de una ciudad que parece en completo conflicto. Otro ejemplo son los autores de “Odio Barcelona”, que conforman parte de esa élite sociocultural (no precisamente la “clase trabajadora” es la que fomenta este tipo de discursos), o los “arquitectos” que opinan sobre “los proyectos de las ciudades”. Y como no, los que marcan las líneas editoriales de los mass-media. Todos estos, sin ser ahora tan importantes como hace 20 años, ayudan a construir o destruir el relato de la ciudad. Ayudan a dar eco a unas versiones sobre otras. Y como el “incorformismo” y la rebeldía están muy de moda entre ciertas élites socioeconómicas y socioculturales, en parte como ejercicio “de clase” para diferenciarse de la élite política de la ciudad y también para reivindicarse como élite cultural de la ciudad, el ir a la contra de lo que haga el gobierno municipal de turno está muy de moda. Y en parte porqué ellos son los que menos se benefician de estas actuaciones. Un escritor con proyección mediática de clase media-alta poco le importa que vivir en el infraurbanismo de algunos barrios conlleve graves problemas sociales y del día a día, él prefiere poder pasearse por ellos como si fuera un antropólogo en su propia ciudad y empaparse de una supuesta “autenticidad” de ese u otro barrio. Se magnifica y se idealiza la marginalidad, rodeándola de un romanticismo, que en el fondo, no tiene. En cambio se tacha cualquier reforma y mejora urbanística de “violación del espíritu del barrio”, se hacen incluso acusaciones alegres e infundadas (como la de especular o querer acabar con el patrimonio). Sin quitar que algunos de estos alegatos han servido pare defender patrimonio histórico legítimo y que las reformas urbanísticas han de respetar la fisonomía general de los barrios, no olvidemos que la estructura de calles diseñada en época medieval o en momentos de expansión desenfrenadas o basadas en antiguos caminos rurales no es lo más adecuado para la vida en una ciudad del siglo XXI. Esta “élite” sociocultural que era amiga de las transformaciones urbanas en la década de los 80 (en parte porqué compartían la necesidad social y los valores materiales de las clases trabajadoras que necesitaban que sus barrios mejoraran y en parte porqué se sumaban al espíritu transformador y de apoyo a las jóvenes instituciones democráticas fruto del espíritu de la transición), ahora suelen estar a la contra de estas transformaciones.
En definitiva, la vida del político municipal está llena, hoy, de más oposición, resistencia, mayor nivel de reacción y auto-organización de los ciudadanos (y por tanto, mayor capacidad de oponerse a algo que no les gusta), y a un entorno social y cultural bastante más exigente y con una tendencia a “ir a la contra” de lo que ocurría hace 20 años.
Lo cuál, igual que he analizado cuando hablaba de los NIMBY, debería ser tomado como una oportunidad para mejorar y poner en valor las políticas municipales.
VN:F [1.6.8_931]
Rating: 0.0/10 (0 votes cast)
VN:F [1.6.8_931]